
Acabo de escuchar un ruido en la planta alta, pero no me atrevo a subir. Mis padres han salido y llegarán tarde, si es que llegan. A veces pienso que quieren hacerme desaparecer. Ahora sé que me han dejado solo en la casa con
ello.
No alcanzo a imaginar la naturaleza de
lo que está en la planta de arriba. Los ruidos continúan, y noto que
se desplaza. En su torpe deambular, puedo percibir que tropieza contra los muebles. Sé que pretende salir a la galería, y que pronto bajará la escalinata, cruzará el recibidor y llegará hasta el salón, donde me encuentro apostado. Pero yo he cerrado la puerta con llave, y a no ser que tenga una fuerza descomunal no logrará derribar la puerta tan fácilmente.
Justo encima del salón se encuentra la
habitación clausurada. Desde que nos trasladamos aquí, mis padres nunca me han permitido ni siquiera asomarme a ella. Siempre dicen: "No se puede entrar. Está clausurada." Alguna vez, mientras descansan, me he acercado sigilosamente a la puerta y he mirado por la cerradura, pero todo está oscuro. Y justo cuando me doy media vuelta - siempre en ese momento - algo en el interior de la habitación se mueve, o quizás se cae, como el seco sonido de una advertencia.
Mis padres saben que rondo la puerta clausurada, pero no me dicen nada. Es más, temo que sea un cebo que alimenta mi curiosidad, y que el día que logre entrar en la estancia no saldré nunca más. Sin embargo, no hará falta hacerlo:
lo que allí mora está a punto de salir, y yo soy su presa.
Mis padres han dejado abierta la cerradura y se han marchado, dejándome solo con
su compañía. Me di cuenta hace unos minutos, cuando las luces del coche se alejaron por la ventana y subí precipitadamente a la planta alta. Posé la mano en el tirador de la puerta y cedió: estaba abierta. Crujieron los goznes, y la negrura más intensa que jamás he conocido se dejó entrever por la ranura. Algo cayó estrepitosamente en el interior. Bajé veloz a refugiarme en el salón y me acurruqué en un rincón, donde estoy ahora. No hay salida, no hay ventanas.
He oído el caminar pesante de
lo que desconozco en la galería. He temblado al escuchar sus pisadas en la escalinata. He llorado al comprobar que se arrastraba en el recibidor. He suplicado a Dios que no destroce la puerta, pero los golpes inundan ya la estancia. Sin embargo...
Noto cierto matiz de súplica en sus gemidos, cierto desasosiego en sus golpes, y una pena infinita me inunda el alma. ¿Me estará pidiendo ayuda? No parece que vaya a echar abajo la puerta. En la oscuridad percibo que se aleja, aunque no sabría decir si está cerca o ha regresado a la
habitación clausurada.
Creo que voy a abrir la puerta. La llave tiembla en mi mano. Tropiezo con algo. Miro por la cerradura, pero no veo el recibidor; está oscuro. Al fin, me decido a abrirla. Lentamente giro la llave, y un chasquido seco inunda la casa. Pero no la abro aún: espero. De súbito,
alguien posa la mano en la manilla y franquea la puerta. Crujen los goznes. Retrocedo y vuelvo a topar con un mueble, cayendo estrepitosamente algún objeto. Oigo pasos que huyen veloces. Comienzo a comprender...
Salgo al exterior despacio. Incomprensiblemente, me encuentro en la planta alta: acabo de salir de la
habitación clausurada. Los nervios comienzan a sacudir mi cuerpo, casi paralizado por el terror.
Alguien ha entrado en el salón de la planta baja (donde hace escasos minutos yo mismo creí que estaba) y ha cerrado la puerta con llave. Vuelvo a entrar en la estancia prohibida para cerciorarme de que no estoy loco, de que todo es una pesadilla absurda y que simplemente se trata de una alucinación. En la oscuridad vuelvo a chocarme; esta vez me hago daño. No puedo reprimir un gemido de dolor, desazón y desconsuelo. Torpemente me precipito de nuevo a la galería, dispuesto a resolver el enigma.
Voy bajando la escalinata. Mi caminar es lento a causa del dolor. Dolor físico y dolor del alma. Necesito una respuesta. ¿Quién está en el salón? Quiero gritar: "¡Ábreme!", pero mi garganta sólo profiere sollozos. Mis manos sangran por la furia de los golpes contra la puerta del salón. ¿Quién estaba en la estancia prohibida? ¿Quién soy yo? ¿Soy
él? Voy a comprobarlo: regreso a la habitación clausurada... Quizás allí encuentre
la espada que corte el
nudo gordiano en que me veo atado...
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© Elitroide 2008