sábado 5 de julio de 2008

Un don divino


Ninguno de los presentes en el parto pudo evitar un escalofrío al contemplar al recién nacido. Pero Laetitia se sentía afortunada: "Será alguien importante", vaticinó. "De otra manera, no me explico por qué Dios le ha otorgado ese don", reflexionaba mientras oía con delectación las suaves, cadenciosas succiones de su bebé asido con fuerza al pezón. Laetitia lo mecía amorosamente, con dulzura, sin importarle los chorreones de sangre que le manaban del pecho, empapándole los ropajes.

El amor de una madre soporta cualquier dolor.

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© Elitroide 2008

martes 17 de junio de 2008

Creo que no estoy solo


Acabo de escuchar un ruido en la planta alta, pero no me atrevo a subir. Mis padres han salido y llegarán tarde, si es que llegan. A veces pienso que quieren hacerme desaparecer. Ahora sé que me han dejado solo en la casa con ello.

No alcanzo a imaginar la naturaleza de lo que está en la planta de arriba. Los ruidos continúan, y noto que se desplaza. En su torpe deambular, puedo percibir que tropieza contra los muebles. Sé que pretende salir a la galería, y que pronto bajará la escalinata, cruzará el recibidor y llegará hasta el salón, donde me encuentro apostado. Pero yo he cerrado la puerta con llave, y a no ser que tenga una fuerza descomunal no logrará derribar la puerta tan fácilmente.

Justo encima del salón se encuentra la habitación clausurada. Desde que nos trasladamos aquí, mis padres nunca me han permitido ni siquiera asomarme a ella. Siempre dicen: "No se puede entrar. Está clausurada." Alguna vez, mientras descansan, me he acercado sigilosamente a la puerta y he mirado por la cerradura, pero todo está oscuro. Y justo cuando me doy media vuelta - siempre en ese momento - algo en el interior de la habitación se mueve, o quizás se cae, como el seco sonido de una advertencia.

Mis padres saben que rondo la puerta clausurada, pero no me dicen nada. Es más, temo que sea un cebo que alimenta mi curiosidad, y que el día que logre entrar en la estancia no saldré nunca más. Sin embargo, no hará falta hacerlo: lo que allí mora está a punto de salir, y yo soy su presa.

Mis padres han dejado abierta la cerradura y se han marchado, dejándome solo con su compañía. Me di cuenta hace unos minutos, cuando las luces del coche se alejaron por la ventana y subí precipitadamente a la planta alta. Posé la mano en el tirador de la puerta y cedió: estaba abierta. Crujieron los goznes, y la negrura más intensa que jamás he conocido se dejó entrever por la ranura. Algo cayó estrepitosamente en el interior. Bajé veloz a refugiarme en el salón y me acurruqué en un rincón, donde estoy ahora. No hay salida, no hay ventanas.

He oído el caminar pesante de lo que desconozco en la galería. He temblado al escuchar sus pisadas en la escalinata. He llorado al comprobar que se arrastraba en el recibidor. He suplicado a Dios que no destroce la puerta, pero los golpes inundan ya la estancia. Sin embargo...

Noto cierto matiz de súplica en sus gemidos, cierto desasosiego en sus golpes, y una pena infinita me inunda el alma. ¿Me estará pidiendo ayuda? No parece que vaya a echar abajo la puerta. En la oscuridad percibo que se aleja, aunque no sabría decir si está cerca o ha regresado a la habitación clausurada.

Creo que voy a abrir la puerta. La llave tiembla en mi mano. Tropiezo con algo. Miro por la cerradura, pero no veo el recibidor; está oscuro. Al fin, me decido a abrirla. Lentamente giro la llave, y un chasquido seco inunda la casa. Pero no la abro aún: espero. De súbito, alguien posa la mano en la manilla y franquea la puerta. Crujen los goznes. Retrocedo y vuelvo a topar con un mueble, cayendo estrepitosamente algún objeto. Oigo pasos que huyen veloces. Comienzo a comprender...

Salgo al exterior despacio. Incomprensiblemente, me encuentro en la planta alta: acabo de salir de la habitación clausurada. Los nervios comienzan a sacudir mi cuerpo, casi paralizado por el terror. Alguien ha entrado en el salón de la planta baja (donde hace escasos minutos yo mismo creí que estaba) y ha cerrado la puerta con llave. Vuelvo a entrar en la estancia prohibida para cerciorarme de que no estoy loco, de que todo es una pesadilla absurda y que simplemente se trata de una alucinación. En la oscuridad vuelvo a chocarme; esta vez me hago daño. No puedo reprimir un gemido de dolor, desazón y desconsuelo. Torpemente me precipito de nuevo a la galería, dispuesto a resolver el enigma.

Voy bajando la escalinata. Mi caminar es lento a causa del dolor. Dolor físico y dolor del alma. Necesito una respuesta. ¿Quién está en el salón? Quiero gritar: "¡Ábreme!", pero mi garganta sólo profiere sollozos. Mis manos sangran por la furia de los golpes contra la puerta del salón. ¿Quién estaba en la estancia prohibida? ¿Quién soy yo? ¿Soy él? Voy a comprobarlo: regreso a la habitación clausurada... Quizás allí encuentre la espada que corte el nudo gordiano en que me veo atado...

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martes 6 de mayo de 2008

La jauría humana

Despertó de forma súbita, vapuleado por los aires. Totalmente desorientado, el bebé sintió la fuerza de una multitud de brazos agitados que lo llevaban en volandas hacia un lugar incierto. La almohada mullida, el colchón confortable, el calor de unas caricias amorosas habían sido reemplazados brutalmente por una jauría de gritos de histeria y dedos que manoseaban y zarandeaban su delicado cuerpo sin piedad. Llegó a temer por su propia vida; incluso especuló sobre la posibilidad de ser conducido hacia el matadero, para ser transformado en sabrosos y blanditos filetes de niño chico. Sumido en éstas y otras cavilaciones – por qué su mamá lo había abandonado como a un juguete roto – cesaron al fin las sacudidas.

Pero el destino era aún peor de lo que esperaba: fue depositado sobre una especie de altar, junto a una mujer de aspecto amenazante que asía un niño al que miraba con avidez. La visión de la terrible antropófaga marcó para siempre su infantil mente. Justo en el momento en que creyó ver abrir la boca de la caníbal, cerró sus ojitos con fuerza para no ser testigo del despedazamiento del otro pequeño. Mientras los mantenía cerrados notó una breve caricia suave sobre su cabeza, quizá de la mano de la mujer come-niños (aunque a él le pareció más bien el roce de una tela suave, como de un manto de terciopelo). Presa del pánico, pues convencido estaba de que sería la próxima víctima de la Reina del Terror, maldijo a su madre por haberlo abandonado, y a la multitud de gentes - a toda la humanidad - por conducirlo al cadalso a tan pronta edad. Se desvaneció.

Con los años, el bebé fue haciéndose un hombre, y esta pavorosa escena siguió repitiéndose con frecuencia en sus más aterradoras pesadillas. Terror que se vuelve real todos los años en la amanecida del primer lunes de Pentecostés.

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lunes 28 de abril de 2008

La casa en ruinas


Una vez oí la voz de un muerto. Era de noche, y andaba perdido en el monte. La luna llena no impedía mis tropiezos, pero me ayudó a reconocer la silueta oscura de una casa en ruinas. Sabía de su existencia, y también que las gentes del lugar evitaban acercarse a ella. Según se decía, una fuerza maligna impregnaba la edificación y sus inmediaciones. Para mí eran supercherías; para los vecinos, una realidad terrible y espantosa. En cierto modo me alegré de contemplarla, pues el frío me punzaba el cuerpo y el cansancio pesaba sobre mi alma. Supuse que en la casa encontraría cobijo hasta el día siguiente, de modo que me encaminé hacia ella. Pero una voz en medio de la noche me previno de hacerlo: “Vete”.

Era una voz apagada, seca, amortiguada y sin eco, como emitida en un sitio cerrado, sin abovedar. Pero no salió de la casa: estaba en el bosque, puede que delante de mí o en lo alto, no sabría precisarlo. Las ruinas, teñidas de luna, destacaban sobre la vegetación negra, que se agitaba inquieta. “No puede ser”, pensé, “será mi fatigada mente”. Cansado y dolorido, me dispuse a reanudar la marcha hacia las ruinas. De nuevo habló la voz: “Vete”, y añadió, en tono más severo: “Vete, aquí vivía yo”. Pero mi espíritu necesitaba cobijo, y acerté a decir: “Por favor, déjame descansar esta noche en tu casa”. La voz no tardó en responder: “De acuerdo, pero sólo te dejaré entrar si me liberas”. Inmediatamente lo comprendí: si pasaba la noche en la casa, no volvería a ver la luz del día. No me lo pensé dos veces y contesté: “Adelante, sal, sé libre, pero no te confundas: estás condenado a vagar por la tierra hasta que otra alma prisionera te invite a entrar en su casa, como tú has hecho conmigo”.

Una vez oí la voz de un muerto. La voz de un compañero del tiempo infinito.

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sábado 23 de febrero de 2008

El duende

En el lecho de muerte, mientras repasaba su vida, al recordar con alivio aquel día de cacería en que descerrajó un brutal escopetazo a un simpático duende que le ofrecía en un lugar apartado todas las riquezas que jamás pudiera soñar, sintió verdaderamente que todo lo había dejado atado y bien atado.

Sin embargo, el duende no murió.



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domingo 10 de febrero de 2008

Portland (Maine), a 10 de febrero de 2008


El motivo de esta misiva es preveniros de la catástrofe: una constelación de langostas se acerca implacable hacia las costas portugesas. Nadie sabe cómo, pero el número de estas criaturas ha crecido hasta límites difíciles de entender. Sólo sé que la superpoblación surgió muy cerca de donde me encuentro, en la costa atlántica del norte de los Estados Unidos, y que ahora se dirige a tierras lusas. De hecho, las afortunadas islas Madeira ya han podido disfrutar de la jugosa carne de langosta, y ojalá muy pronto (esperemos) podáis también catar este delicioso marisco en las fiestas navideñas allá en España. Seguro que por una vez en la vida bajarán los precios de las langostas para fin de año.

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© Elitroide 2005 - Publicado en Sedice - Revisado en 2008

sábado 9 de febrero de 2008

Los gritos

Desde que tengo uso de razón los recuerdo como unos seres de mirada vacía y andar torpe. Su sola visión me espanta. Por eso vivo recluido aquí: no quiero cruzarme con ellos. A veces los oigo afuera, emitiendo terribles sonidos guturales capaces de aterrorizar mi ser.

La última vez que los vi me había armado de valor. Hacía tiempo que no los sentía y decidí salir a purificarme. Era una húmeda mañana, el suelo mojado y la niebla densa. Tras meses de reclusión comencé a caminar por la hierba. Al poco, entreví en la niebla a dos criaturas juntas con su habitual vestimenta negra. Iban gimiendo, y sentí terror. Me quedé petrificado: el pánico me inundó cuando se acercaron lo suficiente, tales eran los abominables sonidos que proferían sus gargantas. Una vez más aquellos ojos fríos y los aspavientos que tanto me atormentaban. Y de nuevo, como tantas otras veces, como si de un oscuro ritual se tratara, sus gritos terroríficos. Los gritos de aquellas criaturas eran como señales para mí: debía regresar o de lo contrario sería presa de la locura.

Decidí volver a mi tumba.

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© Elitroide 2004 - Publicado en cYbErDaRk (Primera Era) - Revisado en 2008

viernes 8 de febrero de 2008

El dolor insoportable

¿Qué es este dolor insoportable? ¿Qué me pasa? Apenas puedo respirar... apenas puedo ver... ¿Dónde estoy? ¿Dónde me encuentro? Tengo ante mí una barrera espesa que no puedo franquear. Me hallo en una especie de cueva estrecha... No hay luz. Apenas puedo incorporarme. ¿Habrá habido un derrumbe? No recuerdo nada. Menos mal que puedo remover la tierra de las paredes: parece blanda. ¡Ay! ¡Qué dolor! ¡No puedo clavar mis uñas en la tierra! Pero, ¡qué angustioso es permanecer aquí dentro, en este estrecho pasaje! Debo escarbar aunque se me rompan los dedos. Ya... ya está: ¡por fin atisbo una luz! Menos mal que estaba cerca de la superficie... Sí, definitivamente ha debido de ser un derrumbe. Ya tengo parte del cuerpo afuera... ¡Ay, mi cabeza! ¡Me va a estallar! Mis huesos deben estar rotos. Pero... siento un punzante dolor en el pecho, y en el vientre... ¡Mis piernas: apenas puedo ponerme en pie! ¡Estoy abotargado! Gritaré, a ver si con ello consigo expulsar esta infame opresión...

¡No puedo gritar! Mi garganta no quiere gritar... ¡Tan sólo un espantoso gemido! Y mis ojos... ¿Me estaré quedando ciego? Creo distinguir una figura ante mí... ¡Maldito dolor en la pierna! He chocado con algo... ¡Dios mío! ¡Junto a mí, otro desdichado cubierto de tierra, y de apariencia espantosa! Parece querer decirme algo... ¡Ah!, y este infame dolor... ¡No puedo más! Ahí hay alguien, cerca de donde nos encontramos... ¡Ayuda, por favor! ¡Tenga piedad de nosotros! ¡Oh, no!: huye, pero tropieza y cae. ¡Por favor, ayúdenos! No consigo articular palabra: sólo gemidos salen de mi garganta... ¡Ayuda! ¡No puedo soportar este dolor!...¡Dios mío! ¿Qué acabo de hacer? ¡¡He mordido al que ha tropezado!! El dolor me hace rabiar, y la rabia me ha llevado a utilizar la violencia... ¡A desgarrar su inocente cuello! Pero... no puedo creerlo: se aplaca mi dolor insoportable. Creo que ya sé cómo sobrevivir a esta dolorosa condena. ¡Ven, amigo mío! Compartamos este bálsamo reconfortador...

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Entre la espesa niebla, en el tétrico bosque de cruces, junto a dos tumbas removidas, dos cadáveres vivientes despedazaban el desdichado cuerpo del guarda del cementerio.
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© Elitroide 2004 - Publicado en cYbErDaRk (Primera Era) - Revisado en 2008

jueves 7 de febrero de 2008

Sollozos

Unos sollozos que provenían del cuarto contiguo despertaron a Margaret. Parecían como de niño desconsolado, recién despierto por alguna pesadilla. A Margaret se le heló la sangre: su único hijo había fallecido en fechas recientes. Margaret vivía sola desde entonces, pues su marido también pereció en el accidente.

Pensó: "No puede ser. No es él. Mi hijo está muerto. Debo estar soñando. No tomaré más pastillas para dormir." Pero los sollozos persistían. En esta ocasión parecían más patéticos. Se mantuvo incorporada unos momentos hasta que reunió el valor suficiente para levantarse y calzarse las zapatillas: resolvió ir al cuarto de su hijo.

Se asomó a la puerta y, sentada en la cama del muchacho, se hallaba una niña de largo pelo rubio. El corazón de Margaret volvió a estremecerse: "¿Quién es? No la conozco", pensó. Una extraña sensación de desazón, curiosidad y ternura, infinita ternura, invadió a Margaret. En los llorosos ojos de la niña creyó reconocer algo familiar. Sólo acertó a preguntarle: "¿Por qué lloras?" La niña contestó resuelta y con un punto de rabia: "Porque mi madre me ha matado antes de darme a nacer." Margaret empezó a comprender, y llevándose con terror las manos a su vientre escuchó a la niña que le espetaba: "¡¡Malditas pastillaaaaaaaas!!"

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© Elitroide 2005 - Publicado en Sedice - Revisado en 2008

martes 5 de febrero de 2008

Recapitulación


Ahí, tras esa esquina, yace el cuerpo inerte de un hombre. Hace tan sólo unos minutos rebosaba fuerza, vigor, vida... Esta misma tarde recogió a sus hijos de la escuela. Previamente había estado descansando algo más de una hora, tras una opípara comida (su vuelta del trabajo le había abierto considerablemente el apetito). No hubo durante la jornada laboral ningún contratiempo, a pesar de que en el camino se preguntaba una y otra vez cómo resolvería sus problemas. De hecho, su primer pensamiento al despertar fue cómo acabaría aquel día.

Eso fue lo que me dijo en la cama, cuando abrió los ojos.

Mientras nos levantábamos se quejó por enésima vez de mi presencia: le molestaba. Me pidió... no: me obligó a levantar a los niños y a vestirlos yo para llevarlos a la escuela. Así él tendría vía libre para ir al bar hasta la hora de marcharse al trabajo. Dediqué la mañana a preparar el almuerzo. Al llegar me saludó con un gruñido. Maldecía el sabor de los platos, pero no dejó resto alguno. Se echó a dormir, y yo bendije los pocos minutos que se me brindaba sin su presencia. Curiosamente al despertar se ofreció para recoger a los niños. Ya de vuelta, se encontraba algo indispuesto. Bajó a la farmacia, y ahora, tras esa esquina, yace su cuerpo inerte.
De hecho, mi primer pensamiento al despertar fue que no podría haber mejor forma de acabar el día.
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© Elitroide 2004 - Publicado en cYbErDaRk (Primera Era)